Sueño multitudes donde me hablan en diferentes lenguas y yo
las entiendo.
No he podido dominarlas todas porque Islandia está demasiado
lejana y el origen de las kenningar sólo lo leí
en los libros de Borges. Pero cuando veo el cielo de mi isla, encuentro
el sentido profundo de aquel “ camino de
las gaviotas”.
Entre nubes y sonidos oníricos, crecen juntos en balcones
abiertos los claveles rojos y los
tulipanes y se saludan en japonés las palomas de la plaza de Moscú. Los
pescadores de toda la costa americana, de norte a sur, regalan peces al mundo de las sedas y también
del hambre. Todo el Ganges lo agradece y ahora es azul.
Remontan cometas de alegría las tribus multicolores de
África para crear soles en los glaciares de Groenlandia. Un tango dialoga con
un fado y hastiados de melancolía deciden tocar un vals en Austria. Los
pintores de Montmartre los retratan.
Y todo es paz en el lenguaje del amor, sin diferencias. La palabra unida al corazón y el
corazón unido al gesto. En Roma, un Peregrino con las sandalias de Jesús abre
las puertas del alma.
¡No quiero despertar! El sueño es tan real como la sed de
ver a un mundo justo y sin metrallas.
Antes de sentir en mis ojos la tibieza del amanecer, antes que el estruendo de más guerras sacudan mis entrañas, aprenderé a comunicarme
con ellos, a ser escucha, pan y tienda. Y me despertaré libre de todo prejuicio y más
humana, siendo flor del aire.
Somos tormenta de fuego y otras tantas de hielo, cuando
dejamos que el barro de nuestra imperfección altere la voz traslúcida del
silencio.
Un candil es luz para sí mismo. ¿Por qué, entonces, quemar
bosques por la ilusión de ser dominante lumbre?
La calma de los hielos no es frialdad. ¿Por qué, entonces,
hacer naufragar a las otras barcas con la gélida indiferencia a causa de algún lejano
sufrimiento?
Mejor es ser solamente viento. Inspirar vida y exhalar paz.
Con alas de libertad y sin anclas en el mar de los apegos.
Romeros, peregrinos, descalzos de historia.
Ser brisas de amor para un mundo que sólo escucha al miedo.
Sólo notas del aire sin yoes henchidos, que viajan a las
cumbres del infinito.
El verbo en nuestros labios no podrá ya tejerse ni el iris
de la materia reconocerá nuestras figuras- tierra donde un día el amor dejó con
gozos tantas huellas- pero a su vez, mi ángel, no habrá silencios.
Al cerrar los ojos, podrás divisar un arco decorado con
lavandas donde a través de él, puedas mirar mi mar cuando lo desees. Sabrás que
esas olas seguirán entonando con dulzura tu nombre. Y no habrá tristezas ni
sensación de pérdida.
Es otra forma de seguir amándonos sin la cárcel de los
deseos frustrados donde un destino cruel de distancias, arrebató toda esperanza
. Pero quizás no era la hora, quizás estuviera escrito en algún libro de
constelaciones que tú y yo seríamos en este mundo, cielo y agua.
Amar entonces en la
substancia donde nada será perecedero. Amar siendo más libres para cruzar los
firmamentos de la pureza y hacer de su virtud, nuestra morada. Porque sin el
lienzo del otro donde la estación de las caricias hace florecer las primaveras,
el amor nos hablará con otras palabras. Habrá oboes que acompañen nuestros
latidos místicos en el beso de las auras.
¡Oh resplandor vivo de amor, fértil guía de nuestros pasos al
encuentro!
¡Inmenso obsequio y dicha de sabernos uno, tras tu luz, desde
todos los tiempos! Primero en las mareas de un amarnos con lirios de ternura en
los ojos y en las manos y luego, en esta hora nueva de tenernos como fuente,
llama de un amor eterno.
Era
tan feliz saltando como una gacela por cascadas de arcoíris…! Y cantándole a
las fuentes, descifrando los mensajes de las nubes, aspirando sin retener
el aire del amor incondicional hacia los semejantes y el universo.
El
silencio era su aliado. Lo llevaba de la mano a todas partes y cuando Niwa
quería contar algo, esperaba el guiño del amigable silencio para comenzar
a hablar. ¡Él es tan sabio!
La
libertad de su alma se manifestaba en los sueños y la representaba su vestidito
azul. De una textura suave como el terciopelo – pero era etéreo- y con una
inscripción en el lado del corazón que decía: “Seré lo que quiero ser”.
Un
día de lluvia triste e intenso ( propio de esos momentos donde lloramos sin
saber por qué) quiso ponerse su vestidito y sentir el abrigo de su tibia luz.
Lo buscó en el armario mágico pero no hubo suerte. Salió al jardín y le cantó
una canción improvisada pero, a pesar de gustarle el tono que Niwa usó para
invocarlo, el vestidito azul se resistía a aparecer.
¿Qué
estaba pasando? Siempre estaba dentro del armario donde la niña escondía sus
secretos pero esta desaparición tan repentina la asustó.
Apoyó
la espalda en el anciano árbol de las respuestas más difíciles y pidió sentir
su energía. Luego se sentó mirando las hojas del nogal desde abajo y le dio la
mano al silencio. Lo sujetó con fuerza y con cariño, con miedo pero atenta.
Despierta.
¡Ya
sé!- dijo la pequeña Niwa. Yo escucho más a los otros que a mi ser y por eso mi
amado vestidito se ha perdido…porque me he perdido con él, queriendo agradar a
los demás.
¡Basta
de canciones rutinarias, de pasos aburridos hacia un camino que no es el mío!
Se
acabaron las incertidumbres y el otorgar más poder al miedo que a la
valentía del riesgo. Mi yo superior es el que me salva del peligro porque no
deja que me caiga al precipicio. No hay por qué temer al cambio, no hay por qué
callar cuando se desea gritar lo que somos en realidad y no lo que los otros
quieren que seamos.
¡El
color gris de la seguridad quiere desteñir al azul de la libertad! ¿Y qué es la
seguridad sino una forma de cubrir nuestros miedos? Lo único garantizado en la
vida es que hay un camino individual-espiritual por recorrer y otro
camino colectivo. Que la traición a uno mismo es cuando perdemos “ vestiditos
azules”, capas de oro, sombreros de plata, etc. y no los encontramosporque cerramos los ojos a un torrente de
verdad que se halla en ellos. La verdad de ser fieles a nuestra esencia:
aceptar la soledad como un viaje al crecimiento o vivir un amor concebido como
verdadero, con pruebas y desafíos pero amor pleno. Trabajar en lo que nos hace
felices, aún sabiendo que no ganaremos dinero pero en cambio, seremos más
libres. Apartarse del rebaño no por ego o por sentirnos distintos sino por
madurez y por ser los dueños de nuestros propios pensamientos, percepciones,
opiniones y creencias. Marcar en la tierra una línea pare crear nuestro propio
espacio donde allí, sólo allí se manifiesta en expansión el alma. Crear para
dejar que hable mediante símbolos, nuestro minúsculo y sagrado universo. Cosmos
que nos identifica.
Con encajes de sol desvanecido se van trazando mis versos en lamento de luces mudas sobre la piel del mar.
Ahora que mi voz extravió el paraíso dónde germinar mis flores blancas -tú eras mi lar-. Ahora que es gélida la noche porque los astros apagaron su latir, deambulando a oscuras mis venas por las cornisas del devenir.
Ahora que la brújula de la ilusión que me llevaba hasta tus ojos debió enterrarse en la arena de los imposibles, ahora que te amo más que antes -si cabe- no encuentro el verbo que te regrese a mí.
Sólo suena incesante una melodía de tonos mustios, abatidas las alas, en mi deshojado jazmín.